Blog de prosa con historias del segundo sexo que sanan.

sábado, marzo 23, 2019

ERES UNA DAMA

Cuando un idiota quiere ocultar su debilidad y sus complejos, después de herirte te dice que lloras como una niña o que si eres una damita.

A mi, siempre me ha parecido paradójico que en el ajedrez la figura más inútil en el juego, el Rey, sea la que marque el final de la partida y no la poderosa dama.
Mi hijo ha heredado algo de su madre, que ella a su vez heredó de su padre: la afición por el ajedrez.
Hoy cuando he ido a recogerle al colegio le he encontrado muy afligido, porque ante una muestra de cariño hacia alguien que él consideraba su amigo, ha recibido un gesto de crueldad desmedida, que me hace pensar qué es lo que se les enseña a los niños en sus casas.
El primer instinto de una madre es acabar con cualquier vida humana o no, que amenace la felicidad de tu hijo. Luego respiras hondo y recuerdas que tu trabajo, más que acabar con media humanidad, es darle a tu criatura herramientas para manejar la idea tan simple y compleja al mismo tiempo, de que el mundo no siempre es justo y las personas, tampoco.
Estábamos echándonos una partida al llegar a casa. Yo le miraba. Sabía que él no dejaba de recordar el suceso con su amigo y que se sentía abatido, cuando de pronto ha empezado a emocionarse, pero a reprimir el llanto.
- Hijo, ¿quieres llorar?.
- No, es una humedad de que tengo sueño.
Algún idiota, educado a su vez por otro idiota mayor, le ha dicho al chiquillo que los hombres nos pueden llorar. Algún idiota…
- Si quieres llorar te sentirás mejor. Además, estarás más tranquilo y podrás saber claramente que es lo que te pasa y lo que debes hacer. Ya sabes que esta es nuestra casa y lloramos cuando nos da la gana. Nadie puede venir aquí a decirnos nada.
Cuando por fin se ha sentido seguro para expresar su emoción, yo le abrazaba, pero no podía dejar de ver por encima de sus hombro el tablero. De pronto le he dicho:
- Colócame las piezas del ajedrez de mayor a menor, según el valor que crees que tiene cada una.
Como era previsible y como haríamos cualquiera ante una petición de estas características ha ido colocando en escala todas las piezas, comenzando por el rey y acabando por el peón.
Le he mirado con ternura y le he preguntado:
- Tú hoy te has sentido pequeño como un peón con tu amigo, ¿verdad?.
- Chi - me ha contestado él que no pronuncia la s cuando habla con desgana.
- Pero tú que juegas muy bien al ajedrez has pensado que este pequeño peón, si llega al final del tablero puede convertirse en lo que quiera?. Hasta en una dama.
- ¡Hala, es verdad!. Me ha contestado él completamente fascinado con la idea.
- Claro. Lo único que tiene que hacer es, aunque alguien le haga sentir pequeño, seguir jugando. Resistiendo. No importa lo que pase. El pequeño peón tiene que saber siempre por dentro que es una dama y que llegará al final del tablero.
Él ha abierto sus infinitos ojos negros de forma desmesurada. Como quien tiene una revelación. Me ha sonreído sin decir nada. Él sabe que en tablero, nadie es tan poderoso como la dama. Yo también le he sonreído. Ahora los dos sabemos que sí. Que somos damas.