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sábado, marzo 24, 2018

LA LUZ


El progreso, como la vida de una persona, no es una línea recta. Ni siquiera una acumulación de conocimientos, que nos llevarán más cerca de la verdad o la felicidad como creían algunos. Más bien se asemeja a cabalgar en la oscuridad del túnel de la línea 1. Lo haces con la esperanza de ver la luz al final. Y la luz llega, pero solo para extinguirse nuevamente apenas reanudado el viaje. Sin embargo, vivimos para conocer esa luz.

Quince minutos de travesía dan para mucho. Un romance breve, un pequeño thriller y hasta una película de cine independiente. Alguna vez, incluso he sentido miedo. Sí, eso es lo que he sentido sola en el vagón mientras me han tratado de acosar.

Miedo. Como el que produce la certidumbre que sentencia lo esperado. La precariedad de nuestras vidas. El silencio angustioso del desapego emocional que lo ha llenado todo.


Nada. Ni una señal. O quizás lo sean las luces acercándose a gran velocidad saliendo victoriosas desde la oscuridad del túnel. O la excitación del silbato que anuncia que para tomar la oportunidad de realizar el viaje tienes que decidirte ya. ¡Vamos!. ¡Recuerda!.

Entonces era más joven. Me inundaba la sensación de independencia y de libertad moviéndome con rapidez por el subsuelo de Madrid. Toda la esperanza que da la adolescencia. No solo la impresión, sino la certeza, de estar caminando hacia algún lugar. Aquella emoción juvenil que me acompañaba, me abandonó un día cuando el metro se paró dentro del túnel y sentí que toda la oscuridad y el silencio del mundo me cercaba. Me arrinconaba en el vacío. No me dejaba respirar.

Todo el vagón permaneció inmóvil, pero mi cabeza avanzó dentro de la penumbra a una velocidad que a veces me avivaba de una forma extraña y otras me consumía en el vértigo.

Se acabó el tiempo y el espacio. Un intenso sufrimiento psíquico. El abrazo del anarquista. El ruido del acero de las ruedas contra los raíles. El latido de mi corazón. El eco del silencio. La luz del paritorio. La luz. Por fin, la luz…

lunes, marzo 12, 2018

CARTA A UN COMPAÑERO

No voy a entrar en debates estériles por estos medios, pero si quiero decir algo. A lo largo de mi militancia de muchas décadas en los movimientos políticos, sindicales y sociales, he sido testigo de que hay hombres que dicen y hasta creen ser feministas. Sin embargo, su comportamiento es más bien paternalista. Todo va bien, mientras son ellos los que ceden graciosamente hasta donde creen que tenemos derecho las mujeres, pero cuando somos nosotras las que reivindicamos el espacio y nos ganamos a pulso el estar ahí, se siente tan amenazados, como un machista más.

En la huelga de las mujeres, las protagonistas éramos las mujeres, que somos las discriminadas. Como en una acción contra el racismo, las protagonistas deben ser las personas discriminadas por su raza. Las demás apoyamos con todas nuestras fuerzas, eso sí, desde un segundo plano y escuchando que es lo que necesitan de nosotras/os, que es donde nos corresponde estar en ese momento.

Había y hay espacios para que los hombres nos apoyen. Gracias a todos los que lo han hecho. Gracias a los que lo han entendido. Gracias a los hombres que cuidaron de nuestros/as niños/as y de nosotras en los espacios de cuidados que se habilitaron, para que nosotras pudiéramos hacer lo que no podemos hacer habitualmente, participar en los espacios públicos en igualdad de condiciones. Gracias también a los que se ofrecieron a trabajar en los servicios mínimos en lugar de nosotras y gracias a los que nos acompañaron en los espacios mixtos de la manifestación. Ellos han entendido que dar la voz a quienes son las discriminadas no es hembrismo, es feminismo, es saber ser compañeros en igualdad. Es en definitiva, a lo que aspira el feminismo, relacionarse en igualdad, saber caminar al lado o dar un paso atrás o al frente según lo requiera la situación, entendiendo que la igualdad con una compañera es eso. No es regalar voluntariosamente lo que nos sobra, a modo de caridad cristiana, si no respetar íntegramente al otro/a ser humano/a y dejarle, por tanto, ser protagonista de su vida, sin paternalismos. No hay ninguna amenaza en esto, ningún enfrentamiento, más que para el ego de quien se quiera sentir amenazado, porque no era el protagonista esta vez. O porque quizás, alberga alguna resistencia en su interior a que las mujeres seamos realmente libres y luchemos con nuestras propias fuerzas.

Sobre el tema de la Ley de Igualdad, no tengo palabras. Entiendo que desconoces totalmente que las políticas de discriminación positivas no se inventaron para las mujeres. En realidad, se crearon en E.E.U.U. durante los años 70 para la población afroamericana. Siendo ellos/as estudiantes brillantes, como lo somos las mujeres en la actualidad, no eran contratados/as para puestos cualificados, ni podían ocupar puestos de decisión en los espacios públicos. Las razones, como todas y todos podemos imaginar no eran objetivas. Por ese motivo hubo que poner en marcha las políticas de acción positiva. Porque quien tiene el poder no lo cede graciosamente, solo porque piense que otras personas lo harían tan bien o mejor. La justicia social, no es su objetivo, el objetivo es mantener sus privilegios. Puedes comprobar estadísticamente, que los puestos donde las pruebas de acceso son objetivas, las mujeres obtienen muchos mejores resultados, que en las pruebas subjetivas, donde el acceso por ejemplo depende de si tienes cargas familiares. Pensar que el sueño americano de que todo el mundo partiendo de un entorno privilegiado o de exclusión inicial puede aspirar a lo mismo, en el mejor de los casos es inocencia y en el peor una perversión. Pero en cualquier caso, no hay peor ciego que el que no quiere ver y sin embargo, a buen entendedor todas estas palabras, ya le hubieran sobrado.