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lunes, mayo 24, 2010

Causas y consecuencias de la violencia doméstica y de género

Entender las causas y consecuencias de la violencia doméstica y de género en una sociedad como la que nos encontramos en la actualidad, patriarcal y con un alto grado de tolerancia del ejercicio de la violencia como solución a las problemáticas surgidas en su seno, no está exenta de dificultad.

Si bien en los últimos años se ha conseguido una cierta concienciación social sobre la no culpabilización de la víctima en los actos de violencia de género y doméstica, todavía existe un gran desconocimiento sobre las causas que la generan o los efectos que pueden manifestarse sobre la salud física o psicológica. En muchos casos, esta falta de conocimiento se ha visto sustituido por mitos del imaginario popular, ampliamente dañinos para la ayuda a las víctimas y el análisis de un problema tan complejo.

Partiendo del punto de que, en la actualidad, la mayor parte de la sociedad ha situado a víctima y maltratador/a, en sus correspondientes lugares, todavía tenemos como asignatura pendiente dar un segundo paso: entender que abandonar una situación de malos tratos continuados no es una tarea tan sencilla como pueda parecer a simple vista. Es necesario advertir que la violencia doméstica y de género, no es una situación que se produzca de manera fortuita, ni aislada, sin causas ni consecuencias. Por consiguiente, no basta con el deseo de la persona de no ser maltratada o la voluntad de escapar de ella. Al paso dado por la sociedad de deslegitimar este tipo de violencia, se ha de sumar la compresión a la pregunta que nos hacemos cuando apoyamos a una persona y sin embargo, no es capaz de liberarse de esta situación, esto es, ¿por qué se soportan los malostratos?. Este es un punto de inflexión para reflexionar sobre las causas que la producen y como afectan a la capacidad de respuesta de quien la sufre.

En general la violencia ha sido legitimada por nuestra sociedad como respuesta a la resolución de ciertos conflictos. Dependiendo de las generaciones, en mayor o menor medida, se nos ha socializado con valores de permisividad hacia ella, como por ejemplo, su utilización dentro del seno de una familia claramente jerarquizada.

Además la cultura, de manera contundente en ocasiones y otras de forma más sibilina, ha dejado claro cual es el espacio que deben ocupar las mujeres y los hombres, situándolos dentro de los roles de masculinidad y feminidad. Cual es el lugar que ocupa dentro de la jerarquía cada uno y la autorización de utilizar métodos violentos para imponerse y relacionarse, dependiendo del escalafón que ocupemos dentro de esa jerarquía.

Aquí nacen algunas de las causas más significativas que desencadenan la violencia de género y doméstica. Jerarquización de sexos y miembros de la familia y legitimidad para utilizar la violencia.
El origen cultural de las causas, se ha visto reforzado durante años por las instituciones que nos representan o sustentan nuestro sistema social y en las que incluso todavía a día de hoy, se continúan utilizando patrones autoritarios y sexistas. Instituciones como las religiosas, educativas, la justicia o los medios de comunicación.

Sobre esta última, los medios, a nadie se nos escapa como inclusive en los últimos años hemos asistido a una ofensiva de utilización de la violencia (verbal, física, etc..) o el sexismo para generar audiencia. Talk shows, reality shows o programas de prensa rosa se han afirmado como programas de máxima audiencia aplaudiendo y fomentando conductas violentas y sexistas.

Todos estos comportamientos, culturales e institucionales, van sumando a las variables de cada individuo el aprendizaje de la desvalorización de los roles asignados a las mujeres y el de la resolución de diferencias de manera violenta.

Instituciones como la escuela, con el salto a la opinión pública de los casos por bullying, también nos dan una muestra de su ineficacia para frenar la violencia, y transmitir unos valores que comprendan; la autoestima, la asertividad, el respeto mutuo o los recursos para exponer nuestras emociones. En los casos de violencia de género y doméstica que observamos en nuestro entorno se pueden perfilar, que esta falta de valores y habilidades, serán parte de los desencadenantes de la violencia. Junto a estas carencias, encontramos en los agresores a hombres con una acentuada ideología patriarcal, con modelos tradicionales hombre-mujer muy marcados, que no le permiten una flexibilidad en sus relaciones de pareja o familiares. Este encorsetamiento en su rol le genera, además, un aislamiento emocional, es decir, no se permite expresar sus sentimientos o frustraciones y va creándose una tensión emocional. Esa tensión va siendo aumentada por la inflexibilidad en los roles, que no le permite tolerar, ni tolerase el incumplimiento de los mismos.

En algunos casos hombres y mujeres que han sufrido maltrato, a diferentes escalas, durante su infancia, han aprendido que la solución a las desavenencias es el uso de la fuerza. Esto ha contribuido, por tanto, a tener una baja autoestima y a reaccionar de manera violenta ante los acontecimientos conflictivos o con alta tolerancia al maltrato, según el caso.

Como señalábamos anteriormente, la cultura y las instituciones en la que se desarrolla la socialización de cada persona tiene un gran peso específico y una gran responsabilidad como modelo causante de la violencia doméstica y de género. Por eso, podemos comprobar que la educación que recibimos no fomenta las relaciones reciprocas, el reconocimiento de la autonomía de lo otra persona y el entendimiento de una relación como una sucesión de acuerdos entre personas libres. Al contrario, fomentan las relaciones asimétricas, que pondrán después a las mujeres en posición de víctimas y a los hombres en la de agresores.

Esa socialización que señala a la mujer la necesidad de ser una eterna cuidadora y una auténtica especialista en relaciones humanas, termina marcando muchas de las causas por las que la mujer soportará la violencia de género. La convicción de que no debe vivir para sí misma, sino para los demás, porque de lo contrario sería una mala esposa, madre e incluso mujer, le lleva en muchos casos a “sacrificarse”. Bajo este prisma, las mujeres aceptan mitos como el amor romántico o que aguantar este tipo de situaciones es mejor para sus hijos/as, que privarles de una vida junto a un padre.

A este conjunto de situaciones a priori como la aceptación del papel de cuidadoras, guardianas de la familia y el matrimonio, la subordinación al sexo masculino, el maltrato sufrido durante la infancia o la desigualdad económica, se van sumando los sentimientos de culpa por no ejercer “adecuadamente” su rol.

Apuntar que estas creencias iniciales, añadidas a los sentimientos de culpa se están desarrollando dentro de un marco de violencia, con todas las consecuencias que conllevan y que repercuten de forma circular sobre las causas por las que se soportan los malostratos, generando causas nuevas.

Entramos aquí en las consecuencias que estos malostratos producen, empezando por algunas, que no por evidentes son visualizadas habitualmente. Es el caso de la dificultad de abandonar la situación de violencia, e incluso de reconocerla como tal.

Cuando observamos en nuestra cotidianidad una situación de violencia, no somos conscientes de la dificultad de la persona que la sufre, para poder abandonar esa espiral violenta. No alcanzamos a percibir el debilitamiento psicológico por la sucesión reiterada de los ciclos violentos o dependencias como la económica.

Conocer en estos casos los procesos patológicos de adaptación de la mujer maltratada como la indefensión aprendida, la pérdida de control o la baja respuesta conceptual, son claves para comprender algunas de las graves consecuencias que ha producido en la psicología de la persona los episodios de violencia continuada y como ha afectado esto a su capacidad de defensa y respuesta.

Desde los capítulos más drásticos de utilización de la fuerza física para infringir violencia o abusos sexuales, a los más sutiles desarrollados a través de la violencia psicológica mediante la intimidación, el insultos, las amenazas o la triangulación, todo forma parte de un ciclo de acumulación de tensión, explosión de la violencia y luna de miel, que genera en las víctimas estados de confusión, depresiones, disociación, aislamiento, resentimiento de la salud física y auténticos cuadros psiquiátricos graves que pueden manifestarse en su punto más álgido en el suicidio o en el intento de llevarlo a cabo.

Ante la complejidad del fenómeno, debido en parte, a lo arraigado de los orígenes de las causas que lo propician en nuestra sociedad, debemos partir de una base de conocimiento y reflexión para comprender la magnitud del trauma personal y la tragedia humana que supone, sin entrar en planteamientos simplistas.

El Informe Mundial sobre Violencia Salud de la OMS en 2002 señalaba que: “la violencia de género es la primera causa de pérdida de vida entre las mujeres de 15 a 44 años, por encima de las guerras, los accidentes de tráfico o los distintos tipos de cáncer”. Este dato nos puede dar una visión de la dimensión de un problema, que tiene en la cultura patriarcal una de sus principales causas. Entender la necesidad que tenemos como sociedad de revisar patrones culturales como el androcentrismo, los roles de masculinidad y feminidad, las formas autoritarias de relacionarnos con los/as demás o los modelos de resolución de los conflictos con violencia, es entender la necesidad de una sociedad que vaya disminuyendo cada vez más los actos de violencias incipientes, y especialmente los de violencias tan graves, tanto por su número, como por su efecto, como la violencia doméstica y de género.

Vislumbramos de esta forma que si la mayoría de los hombres que maltratan no sufren patologías, quizás sea la sociedad la que esté enferma y necesite un cambio.



martes, mayo 11, 2010

ELEMENTOS BÁSICOS DE UN LOCAL DE ENSAYO



Sin ser yo una experta decoradora de interiores, ni muchísimo menos, apelo al buen gusto y a la consideración.

Cuando era más joven, quería ser música. Aprendía a tocar la guitarra porque no tenía dinero para comprarme una batería, que era mi verdadera pasión, hasta que uno de mis cumpleaños llegó, mi chico entonces, con una batería de segunda mano.

A partir de aquel día, nadie me ha hecho un regalo que me haya hecho tanta ilusión. Todo han sido perfumes, pulseras, algún libro. Sin desmerecer el esfuerzo y la atención de quienes posteriormente me han brindado sus atenciones, debo decir que atesoro aquel momento con gran cariño.

Él era músico también, como una de mis mejores amigas por aquellos tiempos. Con estas circunstancias, pueden imaginar la cantidad de locales de ensayo que visité por aquella época. Fue entonces cuando descubrí, que un local donde ensaya un grupo requiere de unos elementos básicos y aparentemente imprencindibles: instrumentos, revistas musicales, cerveza, pedales de guitarras, una caja con un buen puñado de baquetas, ventilador o estufa (dependiendo del periodo estacional), toallas (sobre todo para quien toca la batería), un reguero sin fin de cosas esparcidas por todas partes y posters de mujeres desnudas.

La relación terminó de manera tan amistosa como impetuosa y no volví al local a por la batería nunca más. Tampoco volví a tocar instrumento alguno o a pisar ningún local de ensayo.

Hace poco tuve la ocasión de hacer una visita virtual al lugar donde ensayan algunos grupos de Madrid y me di cuenta de que nada había cambiado. Ahí seguían todos los elementos básicos del local de ensayo. Me han asaltado los mismos pensamientos que tenía entonces: ¿es necesario tener colgados postes de mujeres desnudas?. ¿La heterosexualidad tiene que estar reñida con el buen gusto?, ¿qué pretende demostrar quien los cuelga?, ¿no piensan en que cuando una mujer entra y los ve se siente incomodada?. Les voy a dar la respuesta de un hombre con una historia paralela.

Hace unos años, estaba sentada en mi puesto de trabajo cuando llegó otro compañero con un montón de calendarios de mujeres desnudas repartiendo a todo ser viviente del sexo masculino,. Todos aceptaron de buena gana la idea de colocarlo en sus despachos. Todos, excepto uno. Su respuesta fue contundente: ni un despacho de trabajo es un lugar adecuado y además es un gesto cutre y casposo. Lo dejó seco oiga.

A veces, una piensa que no todo está perdido.