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lunes, mayo 19, 2008

PERDONA QUE TE PIDA PERAS, NO SABIA QUE ERAS UN OLMO (II PARTE)

Segundas partes nunca fueron buenas, pero ahí están, aunque una maldita sean las ganas que tiene que se repitan y además tener que verlas.

¿Somos las mujeres seres humanos?. La respuesta es más compleja de lo que a simple vista pudiera parecer, ni que decir tiene que no me refiero a mi misma. Vaya yo sin documentarme mucho al respecto, para ser honesta, diría que sí. Varios factores objetivos y subjetivos me lo han hecho pensar así a lo largo de mi vida y hasta el día de hoy y puesto que la Ciencia en el mundo que vivo es lo que confirma o desmiente los fenómenos, no hay hecho científico que me demuestre lo contrario.

Sin embargo, no se pueden pedir duros a cuatro pesetas, ni peras al olmo, ni un mínimo de reflexión a sujetos que tienen la desgracia de poseer una sola neurona. Y esto último, no es reprochable, bastante hace la pobre hormona ocupándose de las funciones vitales día y noche. Ya no se le puede pedir más, porque ahí mismo, comenzaríamos a estar hablando de explotación de un ser vivo o en este caso de una célula, pero explotación al fin y al cabo.
Les voy a contar tres fabulillas. El hilo conductor de las dos primeras se mezclan en el espacio, aunque no en el tiempo. Recurso conductor: protagonista; una mujer que vuelve todas las tardes de su trabajo. Espacio; el autobús en el que recorre la distancia de la ciudad donde trabaja a la que vive. Coprotagonistas; el resto del populacho que va en el autobús. Tiempo de duración: Más del deseado por la protagonista. Argumento que une los destinos de estas almas; una carretera conocida por la explotación sexual de mujeres.
  1. Las mujeres y el putero descerebrado.
Había una vez una mujer que trabaja fuera de su ciudad y tenía que coger el autobús todas las mañanas, con sus respectivas tardes para poder realizar sus funciones como trabajadora remunerada. No se escapaba a su conocimiento que la carretera por la que transitaba el vehículo público en cuestión era un filón para las mafias de la prostitución, lugar de visita de los puteros lugareños. Nuestra protagonista no podía evitar al pasar todos los días, al menos los laborales, tener decenas de pensamientos sobre lo vergonzoso que resulta que en supuestas civilizaciones desarrollados, las mujeres tengan que soportar situaciones que violan cualquier principio que se acerque a los derechos humanos como si además, fuera algo elegido y normal. Aquel día, nuestra amiga se disponía a centrarse ya en otros asuntos, cuando irrumpió una voz detrás de su asiento. "Estoy viendo una puta, tío". Un muchacho de unos 20 o 22 años hablaba por el teléfono móvil. Al interlocutor pareció parecerle un buen tema de conversación, porque la criatura del Señor en cuestión se expandió y continúo "es una mujer de 10 €". Diez euros, repitió mentalmente la mujer, vamos a llamarla Voluntad por ejemplo. Y otra vez más 10 €?. Aquí se inicio un complejo proceso mental.Lo explicaríamos para que lo comprendiera el muchacho del asiento de atrás, puesto que su cerebro nunca a entrado en ese proceso, pero igualmente y por las mismas razones lo obviaremos porque se escaparía a su alcance intelectual. Voluntad pensó rápidamente en las personas que eran partidarias de la prostitución: este es el legado que nos quieren dejar a las mujeres: legitimar que poner precio a una mujer es normal. Nuestra protagonista se sintió realmente incomodada por la ignorancia de este cabresto adherido a las nuevas tecnologías, pero cabestro al fin y al cabo. Se levantó del asiento, sintió deseos de coger su móvil y decir que estaba viendo un putero y no es que no valiera nada como ser humano, sino que como es normal en sus casos incluso deben pagar para que alguien los soporte, un ratito eso sí, que para más ni pagando oiga. Pero no, no lo hizo lo miró con el desprecio e indiferencia que se merecía, mientras visualizaba interiormente como le estampaba el bolso en todos los dientes y se marchó para otra parte del autobús que no exhalara un olor tan fétido.
2. Las mujeres y las mujeres.
Ahí va nuestra protagonista otra vez, ya hay que tener ganas, volviendo del trabajo. El mismo autobús, la misma carretera, la misma explotación sexual y otra coprotagonista diferente. La señora que le acompaña en el asiento de al lado tiene ganas de cháchara. Ella no. "Lo que ha tardado en llegar el autobús", sí. "Hay que ver como está el tráfico, menudo atasco", sí. "La carretera está fatal", pues sí. "¿Cuál es la mejor parada para coger el tren?, la última. "Estas chicas que están en la carretera no se como a los hombres no les da asco acostarse con ellas". Voluntad, suspira, está cansada de discutir y quiere eludir el tema, solo quiere llegar a casa y descansar, mañana es fiesta y va a tener un fin de semana largo para relajarse. "Con tantos que han estado", prosiguió la buena mujer. Voluntad vuelve a respiran hondo, pero esta vez su organismo no responde a los intentos de serenidad, se vuelve a la señora: "más asco le tiene que dar a ellas acostarse que alguien que no les apetece, no les gusta y que vaya a saber como la va a tratar". La mujer la mira y dice: "pues sí, lo que tendrán que soportar". Se acaba la conversación en lo que queda de trayecto.
3. Las mujeres y el que no sabe que no sabe.
Después del estress que sufre nuestra querida heroína en los medios de transporte público, llega a la conclusión que lo mejor será llegar a casa, ponerse cómoda, y darse un entretenido garbeito por el ciberespacio. Ahí sentada y bien acomodada, que no está el día para más cosas. Allí va a dar con un blog, de un simpático muchacho que habla sobre la prostitución. No, horror, espeta ella, ¿pero qué retorcida causa del destino me ha traído a tan inapropiado lugar?. A sus ojitos cansados saltan una palabras que aparecen en tan insigne blog "tengo una teoría sobre el origen de la prostitución". No lo leas, le dice una vocecita, cuya procedencia no podríamos determinar. Demasiado tarde... La teoría: una mujer descubrió una vez el poder que sobre los hombres ejercía el sexo y decidió aprovecharse de la situación. ¡Toma ya!, tanto estudiar, tanto investigar y la solución la tenía este muchacho en su blog. Bueno yo, por analogía, he construido otra, no es tan buena como la suya, pero vaya...no hay que exagerar la eminencia es patrimonio de unos pocas personas. Veréis: la explotación infantil la inventó un niño o una niña que sabiendo de la debilidad del explotador, de su necesidad de mano de obra barata, sin ningún tipo de escrúpulos se aprovechó de él y le sacó los dineros.
Moraleja: La persona que no sabe y que no sabe que no sabe, es un imbécil, húyela.

jueves, mayo 08, 2008

VOLUNTAD


Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad. Einstein.


domingo, mayo 04, 2008

UNA HISTORIA PARA CONTAR.

Una noche después de una actividad estábamos tomando unas copas con una de las ponentes, cuando nos contó una historia que parecía digna de un melodrama con contenido social y en la que dejaba patente que en un momento de su vida lo personal llegó a ser político hasta sus últimas consecuencias.
Ella es una mujer madura, comprometida desde hace años social y políticamente, con las ideas tan claras sobre cualquier cosa y expresadas con gran seguridad pero sin rastro de prepotencia. Su seguridad, su capacidad de retorica, esa mirada franca con la que sino convence al menos impresiona, siempre me ha parecido emanar de una sinceridad que brota de la comprensión que conjuntamente le han dado la experiencia, entrelazada con una profunda capacidad de reflexión objetiva de las situaciones. Por eso, cuando te pones delante de ella impresiona.

Aunque sé que no le importaría que contara la historia por ella, vamos a obviar su identidad por respeto a las terceras personas que forman parte de ella y que la protagonista siempre quiso mantener en el anonimato.

La historia se sitúa en los años anteriores y posteriores a la transición a la democracia, no vamos a decir de que país para no dar más pistas, cuando nuestra heroína, una joven ya comprometida con la izquierda de su país, se casa. Comparten ella y su marido inquietudes y militancia política. Así pasan sus horas y sus días como pareja, compartiendo sueños de un futuro en el que en su país se acabará la represión y podrán presentarse a unas elecciones, que seguro su partido ganará. A partir de ahí se iniciará una nueva etapa, que digo etapa, una nueva era dentro de las libertades ciudadanas, donde sin duda las mujeres obtendrán los derechos que siempre les han sido negados.

Los años han ido pasando, con actividades y visitas clandestinas, tanto de ella, como de su marido. Todas parecen transcurrir dentro de la normalidad que exige una situación de estas características; la discreción, el hermetismo, cuando ella empieza a advertir que durante algunas de las visitas que recibe su marido, éste cierra el despacho con llave. La intuición y la lógica, según van siendo más asiduas estas visitas, se van imponiendo, hasta que un día, con ese aplomo que le caracteriza se sienta delante de su marido y le dice: ¿tienes relaciones sexuales con los hombres con los que te encierras en el despacho?. Preguntar a un hombre, que además es su marido en aquella época y de manera abierta si era homosexual. Imagínense todo lo que dijo aquel hombre, incluyendo por su puesto el clásico: ¿te has vuelto loca?.

A pesar de la gravedad de las sospechas, bien sabemos lo rápido que la cotideaneidad es capaz de engullir a las personas y arrastrarnos días, y meses sin que, salvo en escasos instantes que duran apenas unos minutos, nos hayamos dado apenas cuenta.

Un día estaba sentada en un bar, sin su marido, con un miembro de las juventudes de su partido, asiduo a las visitas a su casa y al despacho y le dijo: no te preocupes que ya sé lo tuyo y lo de mi marido y lo comprendo. Entiendo que la homosexualidad en la sociedad en que vivimos a la gente le da miedo reconocerla abiertamente.El joven se quedó estupefacto y le contestó: ¿ya lo sabías?. No, no lo sabía hasta este momento que me lo has confirmado tú. No le hables nunca a mi marido de la conversación que acabamos de tener. Se fue a casa, hizo las maletas, recogió sus cosas, se sentó en el salón y esperó a que él llegara. Cuando le vio entrar por la puerta se levantó, ando la distancia que los separaba, le dio un beso y le dijo: te quiero pero me tengo que ir, no me preguntes por qué. Agarró las maletas, el coche que había aparcado en la puerta le esperaba. Cuando se subió en él, fue la última vez que su marido o aquel barrio de la capital la volvieron a ver. Podría haber tomado represarias y haber aireado la orientación sexual de su marido, hubiera sido un escándalo en la sociedad, en la familia y hasta en el partido, que a pesar de ser de izquierdas no aceptaba entonces esta situación. Años después ella seguía en su compromiso político y social dentro del movimiento feminista, pero además, dedicada desde entonces desde todos los cargos que obtuvo en que a las personas homosexuales se les reconocieran sus derechos. Para que ninguna mujer tuviera que ser engañada, ni ningún hombre tuviera que vivir en una mentira por temor o viceversa. Valiente que es.