Publicidad cabecera

lunes, junio 24, 2019

LA AMAZONA


“Está demostrado aerodinámicamente que es imposible que el abejorro pueda volar, por su tamaño, peso y cuerpo… Pero él no lo sabe. Nadie se lo ha dicho. De modo que ahí está volando todos los días.

A las personas, nos lo dicen constantemente, hasta que olvidamos que podemos volar…”

https://www.pinterest.es/pin/799670477555275291/?autologin=true

Me gusta sentarme frente a la ventana por las tardes y observar las tonalidades del cielo y la ciudad cuando el sol comienza su aventura de escabullirse de nuestro mundo, para continuar en otros.
Aunque pudiera parecerlo, no es un acto de melancolía. Es más bien la promesa de que después de todo lo que ha sucedido en el día, llegará la brisa de la noche y lo calmará todo. Y así, arrancará un nuevo día en el que tener la oportunidad de volver a empezar. Con propósito de enmienda. Esta vez no voy a fallarme.

Lo que siempre espero de un atardecer es que aunque haya sido un día gris y lluvioso, termine con una puesta de sol en tonos rojizos. Si no es así, cierro los ojos un instante, hago acopio de fuerzas,  aprieto los puños y resisto. Solo un poco más. Por un día. Sin embargo, si tengo la fortuna de ver como el sol ha teñido todo de colores cálidos, vuelvo a ser una niña y escucho a mi padre susurrándome en el oído. No aparto la mirada del horizonte, cuando entorno atentamente los ojos hacia la voz que me habla:

- Si el cielo se vuelve rojo al atardecer el siguiente día hará bueno.  

Y sonrío. La línea de mis labios se eleva. Pero sobre todo, sonrío por dentro.

Al atardecer todo está tan calmado y en silencio, que puedo apreciar la belleza de la vida, incluso en un espacio gris y urbanita como Madrid. El contraste de las luces fuera del marco de la ventana hace parecer todo un cuadro impresionista, donde no importa tanto lo que realmente sucede, si no lo que una piensa que podría suceder.

Todo es lo mismo, pero es nuevo. El simple aleteo de las palomas posándose sobre los tejados, el canto de los gorriones, el fresco de la brisa casi nocturna. Y  el chillido agudo de las golondrinas que mueren si tratas de mantenerlas en cautividad. Ellas, que salen a planear justo a esta hora, me recuerdan lo que he olvidado durante todo el día, el significado de la vida. Me lo dijo Ramón que estudia filosofía y física por la UNED al mismo tiempo. Tiene mi misma edad y trabaja en un taxi. Entre cliente y clienta pone sus apuntes sobre el volante y trata de descubrir cuáles son las reglas que rigen la vida. Dice, que no quiere irse de este mundo sin comprenderlas.

Para ser un hombre, posee una belleza armoniosa, casi femenina, como la de un ángel que no tiene sexo. Con su  voz dulce y su tono pausado transmite una gran pasión en todo lo que estudia. Pero no es una pasión arrebatadora, ni violenta. Es sosegada. Como las grandes convicciones que se explican, pero no se imponen.

 Yo que no creo en Dios, confieso que cuando me hablar tengo la sensación de estar manteniendo una conversación con una especie de Arcángel. Es muy extraña tanta profundidad y calma en este mundo de locos/as.  

Un día, sentada y medio adormecida en el taburete del bar donde le esperaba, me pareció que al sentarse se le plegaban las alas en su espalda. Yo inclino la cabeza con cara de sorpresa para constatar que es cierto, pero me encuentro con su mirada. Vuelvo a colocarme disimuladamente en mi sitio y no puedo evitar entonces hacerle la pregunta más tópica que se le puede hacer a un estudiante de filosofía.

-          Si todo nace para morir y en la infinita línea del tiempo nuestra vida es como un grano de arena en la galaxia, ¿qué sentido tiene la vida? ¿Qué importará lo que hayamos hecho dentro de cientos de años. Él me mira desde la profundidad de sus ojos verdes, tan serenos,  que parecen estar emergiendo de las profundidades del mar buscando la luz que ilumina el lugar recóndito donde se encuentra la respuesta.

-          La vida solo tiene un significado. Que el tiempo vivido en cada momento tenga sentido.
Después, desaparece. Nunca más vuelvo a saber de él. A veces dudo de si ha sido real o una revelación. Tampoco me preocupa. Ya ha cumplido su misión, debe marchar.

Yo estoy sentada de nuevo frente a la ventana y pienso que me gusta contemplar los pájaros, del mismo modo que me gusta contemplar a mi hijo, porque me recuerdan constantemente, lo que se empeñan en hacernos olvidar. Cada vez que veo el atardecer lo presiento de nuevo. Sí, vivir es eso. Recordar que estás viva y ver la belleza que solo se puede observar cuando olvidas todo lo aprendido. Olvidar el miedo dado por la experiencia. Olvidar que tu cuerpo no puede volar.

Dicen que según te vas haciendo mayor, tu mente vuelve a la infancia. Como “El curioso caso de Benjamín Button “. Es así.

De repente, he perdido el respeto al pasado y el miedo al futuro. Porque quien se encuentra permanentemente en cualquiera de los dos espacios, no puede vivir en el único momento que existe, que es ahora.

El cielo se torna rojo y yo sonrío. Me levanto de la silla con la misma sobriedad que lo haría una amazona y con el arco sobre el hombro tenso la cuerda y apunto firme a mi objetivo. No me tiembla el pulso como antaño, ni mis pasos se mueven un ápice del lugar que he elegido para realizar el tiro. Ni aunque lloren deslumbrados por el brillo, mis ojos se retiran de ese punto luminoso que mientras parece morir aquí, está naciendo en otra parte.  No todo el futuro está escrito y si lo estuviera, tengo fuerzas suficientes en mis manos para reescribirlo. Respiro hondo. Aguanto el pulso.  Cierro un ojo. Miro fijamente al blanco. Esta vez, voy a pelearlo.

domingo, junio 23, 2019

EL SOBORNO


He sobornado al viento, la lluvia, el sueño, al destino…

En el equipo de música sonaban las delicadas notas del piano de Ludovico Einaudi, cuando envuelta en una paz inmensa atravesé el furor del viento para acabar con el espacio que quedaba entre nosotros.  No me pregunté entonces  por qué no había llegado allí antes. Ni tampoco ahora. No  ¿Para qué? Tenía ante mi la fruta de un sueño.

-          No voy a soltarla - murmuró mi mente a gritos.

Templo dorado. Sikh, India. 
Todo desembocaba en aquella cama; su secreto, el mío,  los deseos derramados sobre los papeles, los trinos turbios de los pájaros antes de una oportuna lluvia. Todo.

Cuando alcancé a desabotonar su camisa sentí sus ojos como frutas que desean ser probadas.  Ardían mis dedos ansiosos de tocar, sentir, manosear, acariciar. 

Yo. Él. Aquel día. La boca abierta. Ansiosa. Hipnotizada ante mi incontestable suerte. Mi gracia infinita. Tocada por la mano de algún Dios. El piano sonaba y  las notas más altas competían con el sonido de la lluvia sobre los árboles. Las más bajas armonizaban con la suave luz que desprendía su alma, con su lengua que atravesaba  mi debilitada voluntad como un estilete.

No podía apartar mis ojos de los suyos cuando le vi en aquel salón tornasolado. Por mi pudor interno nunca pude mantener la mirada de un hombre al que deseara, como si llevara escrito lo que me pasaba y eso me avergonzara. Sin embargo los suyos ejercían tal magnetismo que era imposible no acudir a su llamada.

A veces los reflejos que provenían de los grandes ventanales del salón me deslumbraban y trataba de esquivarlos para que la luz no me cegara, pero acababa buscando el ángulo desde donde pudiera seguir alcanzando su mirada. Era urgente rescatarla.

El colorido de los turbantes de los hombres sikhs se convertían en pura sensualidad y atracción sobre aquellos ojos que no se apartaban. Yo pensaba  que los ingleses con sus sombreros sobrios nunca alcanzarían la elegancia de aquella indumentaria milenaria, mantenida con arrojo incluso en los años de colonización.

Ahora yo estaba sentada en su regazo. Me tomó tiempo deshacer todos esos metros de tela que cubrían sus oscuros cabellos perfectamente reliados en forma de moño sobre la parte más alta de su cabeza. Mientras desenvolvía su pelo, pensaba  en que tanta paciencia requiere descubrir un secreto que merece ser conocido y tan delicado y laborioso es el arte para llegar hasta él, como colocarse aquel turbante que él lucía orgulloso solo unos minutos antes.  

He sobornado al viento, la lluvia, el sueño, el destino y  he conjurado al tiempo, al espacio al drama. Todo por sentir como su lengua atravesaba siglos de dudas, miedos y rabia. Todo por escuchar como el secreto de sus ojos acababa con el silencio. 

sábado, marzo 23, 2019

ERES UNA DAMA

Cuando un idiota quiere ocultar su debilidad y sus complejos, después de herirte te dice que lloras como una niña o que si eres una damita.

A mi, siempre me ha parecido paradójico que en el ajedrez la figura más inútil en el juego, el Rey, sea la que marque el final de la partida y no la poderosa dama.
Mi hijo ha heredado algo de su madre, que ella a su vez heredó de su padre: la afición por el ajedrez.
Hoy cuando he ido a recogerle al colegio le he encontrado muy afligido, porque ante una muestra de cariño hacia alguien que él consideraba su amigo, ha recibido un gesto de crueldad desmedida, que me hace pensar qué es lo que se les enseña a los niños en sus casas.
El primer instinto de una madre es acabar con cualquier vida humana o no, que amenace la felicidad de tu hijo. Luego respiras hondo y recuerdas que tu trabajo, más que acabar con media humanidad, es darle a tu criatura herramientas para manejar la idea tan simple y compleja al mismo tiempo, de que el mundo no siempre es justo y las personas, tampoco.
Estábamos echándonos una partida al llegar a casa. Yo le miraba. Sabía que él no dejaba de recordar el suceso con su amigo y que se sentía abatido, cuando de pronto ha empezado a emocionarse, pero a reprimir el llanto.
- Hijo, ¿quieres llorar?.
- No, es una humedad de que tengo sueño.
Algún idiota, educado a su vez por otro idiota mayor, le ha dicho al chiquillo que los hombres nos pueden llorar. Algún idiota…
- Si quieres llorar te sentirás mejor. Además, estarás más tranquilo y podrás saber claramente que es lo que te pasa y lo que debes hacer. Ya sabes que esta es nuestra casa y lloramos cuando nos da la gana. Nadie puede venir aquí a decirnos nada.
Cuando por fin se ha sentido seguro para expresar su emoción, yo le abrazaba, pero no podía dejar de ver por encima de sus hombro el tablero. De pronto le he dicho:
- Colócame las piezas del ajedrez de mayor a menor, según el valor que crees que tiene cada una.
Como era previsible y como haríamos cualquiera ante una petición de estas características ha ido colocando en escala todas las piezas, comenzando por el rey y acabando por el peón.
Le he mirado con ternura y le he preguntado:
- Tú hoy te has sentido pequeño como un peón con tu amigo, ¿verdad?.
- Chi - me ha contestado él que no pronuncia la s cuando habla con desgana.
- Pero tú que juegas muy bien al ajedrez has pensado que este pequeño peón, si llega al final del tablero puede convertirse en lo que quiera?. Hasta en una dama.
- ¡Hala, es verdad!. Me ha contestado él completamente fascinado con la idea.
- Claro. Lo único que tiene que hacer es, aunque alguien le haga sentir pequeño, seguir jugando. Resistiendo. No importa lo que pase. El pequeño peón tiene que saber siempre por dentro que es una dama y que llegará al final del tablero.
Él ha abierto sus infinitos ojos negros de forma desmesurada. Como quien tiene una revelación. Me ha sonreído sin decir nada. Él sabe que en tablero, nadie es tan poderoso como la dama. Yo también le he sonreído. Ahora los dos sabemos que sí. Que somos damas.

domingo, octubre 07, 2018

EL BARRO

Por lo general, los animales son tristes. Y cuando un hombre está muy triste, no porque tenga dolor de muelas o haya perdido dinero, sino porque alguna vez por un momento se de cuenta de cómo es todo, cómo es la vida entera y está justamente triste, entonces se parece siempre un poco a un animal; entonces tiene un aspecto de tristeza, pero es más justo y más hermoso que nunca. Así es, y ese aspecto tenías, lobo estepario, cuando te vi por primera vez. Hermann Hesse.

Hacer algo que no quieres hacer, aunque sea la cosa más maravillosa del mundo, pero que no integra tu ser, es como transitar por un camino de barro. Puedes tratar de convencerte a ti misma de que es lo mejor, que puede salir bien, que en el fondo quieres hacerlo o hasta de que no hay otra opción posible, pero sigues estando encima del barro.
Alguna vez he deseado desear algo que no deseaba. Pero, no lo deseaba. O no sentir algo que sentía. Pero lo sentía. Lo sé porque por más que trataba de negármelo, contármelo bonito, adornármelo con guirnaldas o de felicitarme por mi encaje contranatura, bastaban apenas unos minutos de silencio de la mente, para que el sentimiento del vacío de lo absurdo me recordara que no estaba en mi naturaleza ni desear lo uno, ni no sentir lo otro.
Claro, no siempre he sido tan coherente con lo que deseaba. He andado sobre el fango.
Recuerdo escuchar el chasquido de las botas tratando de escapar de la cárcel de la tierra mojada que no deja avanzar y se propone firmemente echar raíces en el agua corrompida. O ver entre los surcos pantanosos el hueco de un corazón estirpado.
He tomado toda una estación distraídamente, mirándome los pies, con el único objetivo de no resbalar, perdiendo cualquier tipo de seguridad, esperanza o ilusión en continuar el camino. Sólo atenta a que cada paso no me condujera a terminar doblegando las rodillas en la tierra.
También he cerrado los ojos para no ver más allá o he mirado exclusivamente el metro cuadrado por el que iban tratando de deslizarse mis pies a cada paso, transformando el viaje en un acto de alienación que acapara totalmente mi mirada. Con la vista corta. Perdida la perspectiva. Perdida la orientación y el rumbo. Perdida la pasión y el deseo por el viaje.
Después de un tiempo, el recorrido es mucho peor. Cuanto más ando sobre el barro, más fango voy acumulando, más cansada y descentrada estoy, más me pesan los pies, más difícil es seguir avanzando.
Oigo voces a mi alrededor, pero no miro, es demasiado importante centrarme en no perder el equilibrio.
El sonido de las botas cuando tratan de despegarse. La sensación resbaladiza de las islas vegetales que ha dado tiempo a crecer en el agua estancada, los charcos... Solo cuando los pies me pesan tanto que me he quedado inmobilizada y solo entonces, dejo de mirar hacia abajo.
Ya no es útil pensar cómo he llegado hasta aquí, por qué mancha el barro o cuál es el motivo por el que no salté fuera mientras me encontraba en la orilla.
Estoy cansada del arduo camino de la armada invencible. Regresan una y otra vez mis naves derrotadas. No de luchar contra los enemigos, si no contra los elementos naturales. Ahora es obligado elevar la mirada. Buscar con los ojos un camino firme.
Fijo mi vista en la copa de un árbol, a la entrada del bosque. En las ramas más altas un pájaro de infinitos colores canta. Lo hace con esa emoción que desprenden solo después de que ha pasado una tormenta. Como una ceremonia de resurgimiento de la vida.
Avisto en la cercanía un camino firme debajo del árbol y algo se despierta en mi interior. Como si lo reconociera nada más verlo. No es un camino nuevo. Siempre ha estado. Soy yo quien lo había olvidado.
Me quedo de pie pensando, inexplicablemente, si deberia salir del barrizal. Y siento una extraña tristeza por abandonar el suelo resbaladizo que después de tanto tiempo se había convertido en un elemento conocido. Una especie de apego emocional inaudito, paradójico, amargo. Sin embargo, ahora mis ojos han abandonado el espacio limitado bajo mis pies.
Miro alternativamente al barro y a la vereda seca y comienzo a dudar. Recuerdo el canto del pájaro. El bienestar después de que la parte más dura de la tormenta ya ha pasado. Y añoro los recuerdos de las emociones que me embargaban cuando andaba sobre una senda segura.Y el río en el que fluian las aguas limpias de las emociones que no se estancan. O la mirada de un animal legitimamente triste, pero justo y hermoso.
Me asedia la extrañeza y el alivio cuando saco el primer pie tímidamente y después pienso en que bifurcación del pasaje olvidé quien era. ¿Cómo desaprendí todo lo aprendido?. ¿Cuándo?.
En el instante que siento de nuevo tierra firme bajo mis pies, me embarga una felicidad ya experimentada hace muchos años. Sonrío con una placidez genuina, intuitiva, como el recuerdo de algo que era evidente y que se convierte en presagio. Como si llevara en el camino toda la vida. Como si nunca lo hubiera abandonado.
Solo me turba la idea de volver a olvidar lo sentido, lo aprendido y encontrarme de nuevo algún día en medio del barro.
No tengo la certeza de no volver a adentrarte en él, nadie la tiene y eso me inquieta. Sin embargo, en este momento tengo otra certeza mayor que me reconforta; aún mantengo la capacidad de rebelarme ante propios y extraños.
Me sacudo. Ya no me pesan tanto los pies. Sigo caminando, lobo estepario...

domingo, agosto 26, 2018

EL BAILE



A veces la vida es como esta canción descubierta por casualidad, al azar. Es serendipia. La melodía despierta inesperadamente esperanza, sensualidad y movimiento, hambre por la vida, pero con cierto sabor agridulce, porque no te gusta la voz que la canta. Ni siquiera querrías escuchar alguna de las cosas que te quieren contar con la letra. Entonces, solo puedes tratar de,  siguiendo la cadencia del tema, fluir y cantarla como anhelaras que fuera.

Camino hacia el metro por el barrio, con los auriculares puestos mientras la escucho. Ha caído la noche. Hay gente fuera de sus casas, sentada en las aceras, conversando. Me recuerda alguna noche en La Habana Vieja. Las casas son tan pequeñas, que con el calor es imposible permanecer dentro más tiempo del imprescindible. Te crías en la calle.  No es muy diferente del barrio en que me encuentro ahora. Familias numerosas de sangre o improvisadas compartiendo 30 metros cuadrados.
Una de las casas tiene las ventanas abiertas, distingo dentro, colgada en la pared agrietada, una orla universitaria. El esfuerzo diario realizado por gente humilde, mientras a otras las universidades públicas se lo regalaban. El tiempo empleado para terminar colocada acumulando polvo en un lugar sin posibilidades. Como nos engañan a diario o dejamos que nos engañen sin hacer nada. Cuantas esperanza en el progreso de la humanidad, tal y como nos contaron,  truncada.

Mientras espero en el andén del metro, un chico con el pelo a lo afro aprovecha la corriente generada por la entrada del tren para saltar y mover sus cabellos mientras aulla con una felicidad genuina. Me hace sonreír. Mucho. Y contagiarme de la vitalidad juvenil que siempre mantiene la vida. A pesar de todo. A pesar de nosotras/os mismas/as. No puedo entender a quienes ven amenazas en la belleza de la diversidad humana. Que egocentrismo pensar que somos tan distintos.

Cuando me siento en el vagón, observo a una chica y un chico muy jóvenes situados frente a mí. Se desean, aunque no quieren hacerse ver el uno al otro cuanto, sin embargo cuando se miran a los ojos,  se desdibuja el tamiz de la racionalidad y no se puede negar la evidencia. Vuelvo a sonreír. Al principio, pienso en las tonterías propias de la adolescencia. Luego, sonrío una vez más hasta casi llegar a la risa pensando, que tampoco es menor la estupidez de las personas adultas en estos asuntos. Nuestras inseguridades, nuestros miedos, nuestros traumas.  Cuando me levanto, desde mi foro interior, les deseo buena suerte y que no crezcan ocultando lo que sienten. Una vida sencilla sin tanto teatro.  Parece que amar y ser sensibles es una debilidad, un síntoma de dependencia insoportable o un  delito en la sociedad en la que tratamos de desenvolvernos.

Vuelvo a la calle. Vuelvo a poner la canción. Hay un ambiente muy agradable típico de las noches de verano en las que refresca. La luna llena ilumina con su luz mística las calles más oscuras. Se despierta una brisa encantadora que lo remueve todo.  Como una tregua, como un alivio. La sensación del calor sofocante se ha desvanecido repentinamente. Me suelto el pelo para dejar que el aire penetre en él, no como un consuelo, sino como un placer espontaneo. Respiro hondo mientras recuerdo a mi amiga Sara llamándome pelo de fuego y me rio. Abro los brazos y giro sin importarme si parezco una loca de la vida. Al fin y al cabo hace meses que la heroína ha tomado el barrio de nuevo, como en los 80. Drogas para los/as pobres sin esperanza. Sin ánimo de rebelión. Instalados en el conformismo o la falta de esperanza.

Somos bailarinas/es y deseamos que suene la música para ser tomadas y tomar en nuestros brazos a nuestra pareja y bailar. Pero para hacerlo, primero hemos tenido que aprender a mantener el equilibrio sobre nuestro propio eje, para compartir el baile sin invadir,  para desarrollar la armonía de la melodía sin pisar, pero sin alejarnos tanto que se convierta en un solo en lugar de un lento.

Cuando crees que la coreografía va a llegar a su climax, se acaba la batería del móvil y la música se apaga. Te abandonan los brazos de tu pareja y quedan tus manos vacías. Entonces en la soledad del desconcierto debes seguir rotando sobre tu eje. Esperar que alguna vez se produzca el milagro en el que la música vuelva a sonar. Y disfrutar de ese triunfo sobre el silencio políticamente correcto. Porque amar bien a la gente, a nosotras/os mismas/os, a la vida, a las cosas, a un hombre o una mujer en particular revoluciona y es revolucionario.

viernes, agosto 24, 2018

DEL ASOMBRO NACE LA IRA Y LA GRATITUD

“La esperanza es el sueño de los despiertos". Aristóteles. 

Un/a héroe/heroína no es solo la que participa de hechos excepcionales o épicos. Un héroe o una heroína es aquella que cuando todo está perdido resiste cinco minutos más. A veces lucha y otras aprieta los puños y resiste.

NACE LA IRA 

Ayer fui a firmar el contrato del nuevo piso. Después de una odisea, en la que mejor no entrar a detallar, he encontrado una casita superchula en Vallecas.

Supongo que debería estar contenta y no digo que no lo esté en el fondo. Pero en honor a la verdad debo decir, que fui a la firma del contrato con una sensación inmensa de derrota. Ya estamos con el puñetero incoformismo. ¿Por qué?. Porque pagar la mitad de tu sueldo por un espacio que ni siquiera será nunca tuyo es una abuso y una indignidad de este sistema en el que vivimos.

Por si el precio fuera poco, cuando me enviaron el contrato por adelantado, no salía de mi asombro mientras lo leía. La sensación de desprotección de la ley de alquiler en este país es brutal. Tuve la ensoñación mientras lo leía que si por cualquier motivo un día hubiera no un impago, si no algún tipo de problema con la recepción del recibo, me iban a denunciar, a hacer pagar todos los costes del devolución, del proceso de denuncia y hasta que me iban a esperar unos matones en la puerta de casa para darme una paliza.

La ley protege principalmente a quien tiene la propiedad. No a la parte más vulnerable que es quien no posee propiedades y por eso alquila. Como casi todo en este mundo capitalista.

Siempre nos asiste el derecho a pataleta, como cuando le devolví el correo al comercial en el que me informaba que ahora, a la comisión que se llevan las agencias, un mes, se añadía también el IVA. Pero si la mensualidad del mes ya lleva el IVA, un IVA sobre la mensualidad que ya contiene el impuesto qué significa… No, no me lo digan.

Cuando me dirigía a la sede de la inmobiliaria caminaba por la avenida América. Pensé lo que debería costar un inmueble en esa zona y quien lo pagaba. Continuaba la sensación de derrota.

Decían los griegos que el conocimiento es la base de la tristeza. Dejémoslo estar, me dije a mi misma cuando traspase las puertas de las oficinas. Cuando entré me fijé que todas las personas que trabajaban allí no debía sobrepasar los 25 años. Ya me imaginaba lo que les pagarían. Déjalo estar.

Me llevaron a una sala típica de reunión y me dejaron a solas con el contrato, supongo que para que saboreara las mieles del éxito. Mientras esperaba la vuelta del comercial vi que en la cristalera, justo detrás de mí, estaba serigrafeado el siguiente mensaje: "Sé el cambio que quieres ver en el mundo". Gandhi.

Sí, vosotros/as también habéis leído bien, esa frase de Gandhi estaba en la inmobiliaria.

- Que desfachatez usar así a Gandhi, pensé.

Galeano tenía razón cuando escribió el mundo al revés. Como le ha dado la vuelta el capitalismo al lenguaje, a los símbolos. Los vacía de contenido y hasta los utiliza en su interés. Se me aguaron los ojos de la rabia contenida.

Gandhi, no sé si se hubiera sentido violento en esta situación, pero a mí a veces me abandonan los deseos de resistencia pasiva y hasta de pacifismo. En esos momentos, pienso que tengo un hijo y llámenme sensible, pero le he cogido cariño al muchachito. Me he acostumbrado a su sonrisa, a sus besos, a su inocencia esperanzadora, a sus palabras tiernas, a todo lo que me enseña y me hace sentir y claro, quisiera verlo crecer…pero también quisiera que tuviera un futuro digno.

Por fin entró el comercial. Una criatura que tendría como mucho unos 22 años.

- ¿Alguna pregunta?

 - Déjalo estar tía.

- Venga vale vamos a dejarlo. Sí yo estoy bien. Estoy bien…
 ……
- Mmm. Pues mira sí tengo unas preguntas. Cosas que no entiendo muy bien.

 - Dígame.

- Deja al chico que no tiene la culpa. Solo es un trabajador.

 - Sí es verdad, solo es un trabajador, que trabaja en contra de su clase social, arrastrado por algo que es superior a él. Pero lo hace.

 - Es un pobre hombre.

 - Es lumpem.

Una vez se desatan las preguntas sarcásticas en la habitación, el pobre muchacho me mira completamente desconcertado y trata de aparentar naturalidad en sus respuestas. Yo sigo pensando en la frase de Gandhi. A mi espalda. Tiene un carácter muy afable y una falta de experiencia manifiesta en este tipo de situaciones. Aunque se da cuenta de lo que está pasando, no sabe muy bien cómo manejar la situación. Yo me esperaba en un puesto como este a una persona mucho más buitre, sin duda, pero al final llego a la conclusión de que ya no les hacen falta ejecutivos agresivos que traten ni siquiera de manipularte. Les basta un chico veinteañero al que pagan cuatro euros. Estamos completamente desarmadas y lo saben.

Cuando termina mi pataleta, me invita a subir a otro despacho para presentarme al propietario. Es un hombre con aspecto de trabajador, que vive en un barrio de Vallecas. Parece buena persona. Es una buena persona, trabajadora, que ahora explota a otras personas trabajadoras, alquilando un piso, del que ya ha pagado la hipoteca, a precio de gentrificación. Porque, no va a ser él, el más tonto que no se aprovecha de los precios del mercado. Llegado a este punto, a veces me parece estar escuchando a la bruja Avería gritando: ¡Viva el mal, viva el capital!

Durante la conversación el propietario me dice si tengo alguna pregunta. Al comercial se le petrifica la sonrisa y me mira de reojo con cara de susto esperando mi reacción.

- Va. Joder. Déjalo por hoy. …..

- No. No tengo ninguna, gracias. Si acaso, te llamo al móvil. ….

 -Eh. Has visto. Puedo callarme. Puedo hacerlo.

Me levanto para irme. El propietario se queda un rato más con el comercial. Esa sensación extraña de que quienes tienen el poder confabulan contra ti.

Estoy en la puerta a punto de irme. Cuando el dueño de la casa me dice:

 - El edificio, el barrio, todo es muy tranquilo.

Bueno, ha habido un problema con una casa en el portal de al lado que la han ocupado. Tú que trabajas en una ONG qué opinas de la ocupación.

Hala, ya la hemos liado…

NACE LA GRATITUD

De las situaciones adversas y de los cambios vitales traumáticos, también nace el asombro al ver la generosidad, la solidaridad y el cariño de las personas con las que compartes diferentes espacios de tu vida. Incluso de quienes no te lo esperas en absoluto. Y de ese asombro ante la bondad inesperada, la gratitud. Me siento profundamente agradecida a las personas que habéis compartido conmigo los primeros momentos de angustia vital, cuando no aparecía ningún alquiler en Vallecas y yo pensaba en mi hijo. En su bienestar, en la custodia… A quienes no habéis dudado arriesgaros, ofreciendo vuestro aval si fuera necesario, a Gabriela Beni Cracco, a Iman Boujnani , a mi comadre Yolanda Fernandez Cano, a mis hermanos, a Lara Rodriguez Sanchez, Carlos Alberto Sánchez Piedra, Santiago Algora, Susana Fernández García, Laura Rosales, Susana Albarrán, Gloria González Sahagún a la Red de Feministas Autónomas. A Beatriz… agradecida por ese momento emotivo, en el que conociéndome como me conoce me metió las llaves de su casa en el bolso y antes de que me diera tiempo a replicar, soltó: y punto.

En esta sociedad que ha creado el neoliberalismo salvaje somos más vulnerables de lo que pensamos. No importa el tiempo que hayas trabajado, el que te hayas dedicado a estudiar. Seguimos siendo frágiles y hay una gran fortaleza en ese reconocimiento. Pero lo somos un poco menos y nos convertimos en más humanos cuando nos apoyamos solidariamente. Que no se nos olvide nunca.

En Vallecas tenéis vuestra casa...

domingo, agosto 05, 2018

LA RESTAURACIÓN BORBÓNICA, EL TURNISMO EN EL PODER Y LA VIOLENCIA HORIZONTAL

Yo era joven y lozana cuando ya escuchaba aquella frase “conocer la historia para que no se repita”. También era joven cuando iba a la EGB y asistía con gran interés a las clases de geografía e historia. Entendía como una responsabilidad individual y colectiva que no se repitieran los mismos errores una y otra vez.
Recuerdo una clase en concreto, como si fuera ayer, en la que aquella profesora magnífica, doña María Jesús, nos explicó la restauración borbónica y el turnismo pactado en el poder, de los partidos de Cánovas del Castillo y Sagasta. Lo curioso de estudiar la historia, cuando eres joven, es que no entiendes como los contemporáneos a la época son capaces de soportar tamaños abusos y hasta aliarse contra sus propios intereses, con sus enemigos de clase. Esto, sin no poca perplejidad, lo entiendes después. Llámenme picajosa, pero yo recuerdo la clase de restauración borbónica y alternancia de los partidos liberal y conservador y no veo muchas diferencias con la situación actual española. Somos nuestra idiosincrasia histórica.
También recuerdo, ya entrados los 80, la clase sobre la guerra civil española. No nos la dio doña María Jesús. Curiosamente lo hizo la Directora del colegio. Parece que teníamos una rebelde en las filas del claustro de un colegio privado, ahora concertado, en el que el párroco del pueblo venía a darnos clases de religión y de paso decirnos a las chicas que debíamos ser limpias pero no curiosas. A él le hacía mucha gracia este juego de palabras, que seguramente debía considerar muy ingenioso. Para incondicionales de la justicia, diré, que viendo que la justicia celestial no le paraba los pies, se conformó un comando terrenal que le largó más de un canutillazo de arroz, por estas y otras lindezas.
Pero volviendo a la clase de historia sobre la guerra civil. Tampoco es que tuviera mayor importancia, porque mientras el episodio de la II Guerra Mundial duró una semana, la de la guerra civil española no superó una hora. Las conclusiones de la clase no fueron otras que; existencia de dos bandos y pérdida de la guerra del bando republicano por su desorganización y disensiones. No se permitieron preguntas en la sesión.
Me tomó un tiempo comprender, porqué se hablaba de dos bandos en la guerra civil española y en casos idénticos como las dictaduras latinoamericanas hablamos de golpes militares o en los casos de Alemania e Italia hablamos de nacismo y fascismo. De este modo, vemos a la Fundación Francisco Franco con espacios televisivos insultando la dignidad de las personas demócratas y decentes en general, de este país, como si fuera algo absolutamente normal. Esto no sucede porque sí, nos da una pista de quienes se encuentran ocupando los cargos de peso en las instituciones judiciales, ejecutivas y legislativas. Que a día de hoy no se diferencian mucho de quienes ocupan los de los consejos administrativos de los grandes poderes económicos y financieros.
Hace unos días mi hijo me preguntaba qué pasaría si un avión cae en el mar. Mientras yo trataba de explicarle que las personas, dentro de nuestra humanidad, inventamos mecanismos de socorro y apoyo mutuo, como los equipos de rescate o salvamento marítimo, me ha venido la idea de los barcos de ongs que se encuentran en el Mediterráneo. Las guardias costeras de Libia e Italia no les avisan cuando hay personas inmigrantes en riesgo de muerte y hasta tratan de sabotear su trabajo. Miles de personas mueren porque no nos importan sus vidas. Con tal de que no pisen nuestra tierra, hasta la muerte nos parece una opción. Porque la ultraderecha nos ha convencido de que son una amenaza. En su empeño por tapar que la corrupción de los poderes económicos en connivencia con los políticos, son quienes nos roban a manos llenas las arcas públicas, nuestro trabajo, nuestra vida, nuestra dignidad.

A mi me ha dado vergüenza pensar que si mi hijo supiera esto, qué le podría yo explicar sobre la humanidad. También me ha producido tristeza pensar, que algún día lo sabrá.
Todas esas personas que pasaron por la clase de restauración borbónica y turnismo en el poder, pero que la clase no pasó por ellas/os. A quienes no se preguntan porque las dictaduras en latinoamerica son golpes de estado militares y en España lucha entre dos bandos. A esas personas que hacen videos y apología diaria del racismo y la aporofobia. Que no piensan que los/as inmigrantes nos pagan las pensiones. Que son seres humanos que proceden de países donde hemos explotado sus recursos y hemos provocado guerras para controlarlos. Que no piensan que cuando los poderes económicos, con sus tentáculos sobre el poder político y los medios de comunicación, son quienes dictan que todos/as tengamos o no ayudas sociales cuando nos encontramos en situación vulnerable, que tengamos o no unas condiciones de vida dignas: trabajo, sueldo, prestaciones económicas, vivienda, etc Son los responsables, porque son los que nos roban ahora e históricamente. Hay recursos para todas/os, pero ellos quieren el monopolio de la riqueza. El 90% de la riqueza se encuentra en manos de un 10% y no son inmigrantes, ni lo han ganado por ser emprendedores. Lo han obtenido robándonos o explotándonos.
Cuando salen a la luz escándalos de las dimensiones del expolio de recursos públicos al nivel que hemos visto en el PP y en la monarquía de los Borbones, sacamos el fascismo, la xenofobia y la bandera de España a pasear. Así la gente no piensa en quienes nos están robando las posibilidades de vivir una vida digna. Dense cuenta de la urgencia de Pablo Casado, cuya carrera y máster son obtenidos por medios corruptos, de hablar sobre una falsa invasión migratoria. Los/as inmigrantes mantienen en la actualidad el sistema de pensiones español, la derecha lo ha expoliado a millones, para su disfrute personal. ¿Quién es aquí el enemigo de los intereses de las españolas/es de a pie?.
Cuando nació mi hijo yo le escribí en su libro de vida aquella poesía de Goytisolo “Palabras para Julia”. A un hijo no se le puede decir más. A una persona con un mínimo de humanismo, tampoco. “Tú dignidad es la de todos”, recitaba el poeta. Porque cuando nos da igual y hasta nos parece bien que una persona se ahogue en el Mediterráneo, que sufra un calvario de violencia tratando de llegar a Europa o cuando confundimos a quienes nos roban con nuestros salvadores, hemos perdido nuestra dignidad. Hemos dejado de ser humanos/as para convertirnos en lo que los poderes económicos han deseado siempre: siervos/as.