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domingo, octubre 07, 2018

EL BARRO

Por lo general, los animales son tristes. Y cuando un hombre está muy triste, no porque tenga dolor de muelas o haya perdido dinero, sino porque alguna vez por un momento se de cuenta de cómo es todo, cómo es la vida entera y está justamente triste, entonces se parece siempre un poco a un animal; entonces tiene un aspecto de tristeza, pero es más justo y más hermoso que nunca. Así es, y ese aspecto tenías, lobo estepario, cuando te vi por primera vez. Hermann Hesse.

Hacer algo que no quieres hacer, aunque sea la cosa más maravillosa del mundo, pero que no integra tu ser, es como transitar por un camino de barro. Puedes tratar de convencerte a ti misma de que es lo mejor, que puede salir bien, que en el fondo quieres hacerlo o hasta de que no hay otra opción posible, pero sigues estando encima del barro.
Alguna vez he deseado desear algo que no deseaba. Pero, no lo deseaba. O no sentir algo que sentía. Pero lo sentía. Lo sé porque por más que trataba de negármelo, contármelo bonito, adornármelo con guirnaldas o de felicitarme por mi encaje contranatura, bastaban apenas unos minutos de silencio de la mente, para que el sentimiento del vacío de lo absurdo me recordara que no estaba en mi naturaleza ni desear lo uno, ni no sentir lo otro.
Claro, no siempre he sido tan coherente con lo que deseaba. He andado sobre el fango.
Recuerdo escuchar el chasquido de las botas tratando de escapar de la cárcel de la tierra mojada que no deja avanzar y se propone firmemente echar raíces en el agua corrompida. O ver entre los surcos pantanosos el hueco de un corazón estirpado.
He tomado toda una estación distraídamente, mirándome los pies, con el único objetivo de no resbalar, perdiendo cualquier tipo de seguridad, esperanza o ilusión en continuar el camino. Sólo atenta a que cada paso no me condujera a terminar doblegando las rodillas en la tierra.
También he cerrado los ojos para no ver más allá o he mirado exclusivamente el metro cuadrado por el que iban tratando de deslizarse mis pies a cada paso, transformando el viaje en un acto de alienación que acapara totalmente mi mirada. Con la vista corta. Perdida la perspectiva. Perdida la orientación y el rumbo. Perdida la pasión y el deseo por el viaje.
Después de un tiempo, el recorrido es mucho peor. Cuanto más ando sobre el barro, más fango voy acumulando, más cansada y descentrada estoy, más me pesan los pies, más difícil es seguir avanzando.
Oigo voces a mi alrededor, pero no miro, es demasiado importante centrarme en no perder el equilibrio.
El sonido de las botas cuando tratan de despegarse. La sensación resbaladiza de las islas vegetales que ha dado tiempo a crecer en el agua estancada, los charcos... Solo cuando los pies me pesan tanto que me he quedado inmobilizada y solo entonces, dejo de mirar hacia abajo.
Ya no es útil pensar cómo he llegado hasta aquí, por qué mancha el barro o cuál es el motivo por el que no salté fuera mientras me encontraba en la orilla.
Estoy cansada del arduo camino de la armada invencible. Regresan una y otra vez mis naves derrotadas. No de luchar contra los enemigos, si no contra los elementos naturales. Ahora es obligado elevar la mirada. Buscar con los ojos un camino firme.
Fijo mi vista en la copa de un árbol, a la entrada del bosque. En las ramas más altas un pájaro de infinitos colores canta. Lo hace con esa emoción que desprenden solo después de que ha pasado una tormenta. Como una ceremonia de resurgimiento de la vida.
Avisto en la cercanía un camino firme debajo del árbol y algo se despierta en mi interior. Como si lo reconociera nada más verlo. No es un camino nuevo. Siempre ha estado. Soy yo quien lo había olvidado.
Me quedo de pie pensando, inexplicablemente, si deberia salir del barrizal. Y siento una extraña tristeza por abandonar el suelo resbaladizo que después de tanto tiempo se había convertido en un elemento conocido. Una especie de apego emocional inaudito, paradójico, amargo. Sin embargo, ahora mis ojos han abandonado el espacio limitado bajo mis pies.
Miro alternativamente al barro y a la vereda seca y comienzo a dudar. Recuerdo el canto del pájaro. El bienestar después de que la parte más dura de la tormenta ya ha pasado. Y añoro los recuerdos de las emociones que me embargaban cuando andaba sobre una senda segura.Y el río en el que fluian las aguas limpias de las emociones que no se estancan. O la mirada de un animal legitimamente triste, pero justo y hermoso.
Me asedia la extrañeza y el alivio cuando saco el primer pie tímidamente y después pienso en que bifurcación del pasaje olvidé quien era. ¿Cómo desaprendí todo lo aprendido?. ¿Cuándo?.
En el instante que siento de nuevo tierra firme bajo mis pies, me embarga una felicidad ya experimentada hace muchos años. Sonrío con una placidez genuina, intuitiva, como el recuerdo de algo que era evidente y que se convierte en presagio. Como si llevara en el camino toda la vida. Como si nunca lo hubiera abandonado.
Solo me turba la idea de volver a olvidar lo sentido, lo aprendido y encontrarme de nuevo algún día en medio del barro.
No tengo la certeza de no volver a adentrarte en él, nadie la tiene y eso me inquieta. Sin embargo, en este momento tengo otra certeza mayor que me reconforta; aún mantengo la capacidad de rebelarme ante propios y extraños.
Me sacudo. Ya no me pesan tanto los pies. Sigo caminando, lobo estepario...

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