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domingo, agosto 26, 2018

EL BAILE



A veces la vida es como esta canción descubierta por casualidad, al azar. Es serendipia. La melodía despierta inesperadamente esperanza, sensualidad y movimiento, hambre por la vida, pero con cierto sabor agridulce, porque no te gusta la voz que la canta. Ni siquiera querrías escuchar alguna de las cosas que te quieren contar con la letra. Entonces, solo puedes tratar de,  siguiendo la cadencia del tema, fluir y cantarla como anhelaras que fuera.

Camino hacia el metro por el barrio, con los auriculares puestos mientras la escucho. Ha caído la noche. Hay gente fuera de sus casas, sentada en las aceras, conversando. Me recuerda alguna noche en La Habana Vieja. Las casas son tan pequeñas, que con el calor es imposible permanecer dentro más tiempo del imprescindible. Te crías en la calle.  No es muy diferente del barrio en que me encuentro ahora. Familias numerosas de sangre o improvisadas compartiendo 30 metros cuadrados.
Una de las casas tiene las ventanas abiertas, distingo dentro, colgada en la pared agrietada, una orla universitaria. El esfuerzo diario realizado por gente humilde, mientras a otras las universidades públicas se lo regalaban. El tiempo empleado para terminar colocada acumulando polvo en un lugar sin posibilidades. Como nos engañan a diario o dejamos que nos engañen sin hacer nada. Cuantas esperanza en el progreso de la humanidad, tal y como nos contaron,  truncada.

Mientras espero en el andén del metro, un chico con el pelo a lo afro aprovecha la corriente generada por la entrada del tren para saltar y mover sus cabellos mientras aulla con una felicidad genuina. Me hace sonreír. Mucho. Y contagiarme de la vitalidad juvenil que siempre mantiene la vida. A pesar de todo. A pesar de nosotras/os mismas/as. No puedo entender a quienes ven amenazas en la belleza de la diversidad humana. Que egocentrismo pensar que somos tan distintos.

Cuando me siento en el vagón, observo a una chica y un chico muy jóvenes situados frente a mí. Se desean, aunque no quieren hacerse ver el uno al otro cuanto, sin embargo cuando se miran a los ojos,  se desdibuja el tamiz de la racionalidad y no se puede negar la evidencia. Vuelvo a sonreír. Al principio, pienso en las tonterías propias de la adolescencia. Luego, sonrío una vez más hasta casi llegar a la risa pensando, que tampoco es menor la estupidez de las personas adultas en estos asuntos. Nuestras inseguridades, nuestros miedos, nuestros traumas.  Cuando me levanto, desde mi foro interior, les deseo buena suerte y que no crezcan ocultando lo que sienten. Una vida sencilla sin tanto teatro.  Parece que amar y ser sensibles es una debilidad, un síntoma de dependencia insoportable o un  delito en la sociedad en la que tratamos de desenvolvernos.

Vuelvo a la calle. Vuelvo a poner la canción. Hay un ambiente muy agradable típico de las noches de verano en las que refresca. La luna llena ilumina con su luz mística las calles más oscuras. Se despierta una brisa encantadora que lo remueve todo.  Como una tregua, como un alivio. La sensación del calor sofocante se ha desvanecido repentinamente. Me suelto el pelo para dejar que el aire penetre en él, no como un consuelo, sino como un placer espontaneo. Respiro hondo mientras recuerdo a mi amiga Sara llamándome pelo de fuego y me rio. Abro los brazos y giro sin importarme si parezco una loca de la vida. Al fin y al cabo hace meses que la heroína ha tomado el barrio de nuevo, como en los 80. Drogas para los/as pobres sin esperanza. Sin ánimo de rebelión. Instalados en el conformismo o la falta de esperanza.

Somos bailarinas/es y deseamos que suene la música para ser tomadas y tomar en nuestros brazos a nuestra pareja y bailar. Pero para hacerlo, primero hemos tenido que aprender a mantener el equilibrio sobre nuestro propio eje, para compartir el baile sin invadir,  para desarrollar la armonía de la melodía sin pisar, pero sin alejarnos tanto que se convierta en un solo en lugar de un lento.

Cuando crees que la coreografía va a llegar a su climax, se acaba la batería del móvil y la música se apaga. Te abandonan los brazos de tu pareja y quedan tus manos vacías. Entonces en la soledad del desconcierto debes seguir rotando sobre tu eje. Esperar que alguna vez se produzca el milagro en el que la música vuelva a sonar. Y disfrutar de ese triunfo sobre el silencio políticamente correcto. Porque amar bien a la gente, a nosotras/os mismas/os, a la vida, a las cosas, a un hombre o una mujer en particular revoluciona y es revolucionario.

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