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lunes, julio 23, 2018

EL BRILLO EN LOS OJOS Y LAS PEPITAS DE SANDIA

Yo quería mucho a mi abuela Presentación, pero a mi abuela Casilda la admiraba.
De pequeña, al caer la tarde, veía a Presenta en la habitación que mi madre había acomodado para ella en casa, rezando a oscuras con su rosario hecho de pepitas de sandia. Cerraba los ojos en la penumbra y sus dedos iban deslizándose por las cuentas mientras su voz recitaba, como quien susurra un mantra. Su cara se teñía entonces de una angustia que quería salir, pero que necesitaba ser negada.
Mi abuela paterna, sin embargo, era una mujer de sonrisa infinita. De su sonrisa tenue y sus gestos armónicos emanaba una profunda calma que no es posible describir, ni imaginar, excepto para quien viven en paz consigo mismo y con los demás. Además, Casilda poseía un don extraordinario. Cuando le deseaba un bien a alguien sus ojos comenzaban a hablarle en un lenguaje mudo que traspasaba el mundo de las palabras y lo arrastraba a ser feliz.
A veces las veía juntas hablando o trabajando y las observaba absorta, inmensamente intrigada. No podía concebir como unas mujeres tan dispares, que habían representado a dos bandos encontrados, pudieran llevarse tan bien, tener tanta complicidad y quererse tanto. Me fascinaba escuchar sus conversaciones y ver como la resignación católica de mi abuela materna, se veía siempre envuelta por el empuje genuino de Casilda. Sin estridencias, con elegancia.
De Casilda era el sorprendente logro de conseguir algo que nadie pensaba que pudiera ser posible;hacer reír a mi abuela materna. A pesar de su edad, Presenta, al reírse, parecía una niña tímida que hacía una travesura que no estaba permitida. Se reía con la boca apretada, como conteniendo la felicidad, como si le estuviera vetada. Una vez incluso le vi negar con la cabeza, haciendo un gesto de rendición absoluta y entregarse a las carcajadas.
Cuando crecí descubrí, que de joven la abuela, había sido violada por el marido de su hermana mayor. Se quedó embarazada y al morir su hermana, le obligaron a casarse con el hombre que había abusado de ella. 
Esa no fue su única carga. El pueblo y la familia la culpabilizarón del abuso y de quedarse embarazada. Incluso su padre dejó de hablarla hasta que accedió a casarse. La versión oficial fue que se casaba con el viudo para cuidar a los hijos que ésta dejaba. Fue entonces cuando sus dedos comenzaron a arrastrarse por el rosario de una a otra pepita, como un mantra.
Casilda era capaz de otras proezas. No solo de hacer reír a una persona para la que la vida no merecía la pena ser contada. Cuando yo la miraba me resultaba increíble pensar que esa mujer de la sonrisa amable, que me llamaba prenda con un dulce acento granadino hubiera sido la protagonista de uno de los poco capítulos del alzamiento que se contaban dentro de la familia. Mi padre rompió el tabú el día que contó que la abuela, había participado en la defensa del pueblo cuando los fascistas tomaron posición para avanzar. No disponer de más armas que las propias herramientas de aventar el grano o segar el trigo, no le parecieron suficiente razón para no tomar partido en la contienda. Por lo demás, poco sabemos de lo que pasó aquel día, excepto que la capturaron y se la llevaron junto a otras mujeres para cortarles el pelo como escarnio. O que cuenta la leyenda, que aquella mujer con la serenidad de la que hizo gala durante toda su vida, salió de la fila y gritó que para cortarle el pelo había que fusilarla antes y que no había cojones allí ni para una cosa, ni para la otra. Aun no se explica nadie que una foto tomada tiempo después testificara, que efectivamente no hubo reaños. Y que amaneció al otro día con su precioso pelo largo encrespado y castaño.
La verdad, a mi me parecía un misterio que una mujer aparentemente tan afable, fuera capaz de aquello y solo se me ocurría pensar que la malafollá y la “guantá“sin mano, también eran indiscutiblemente patrimonio de “Graná“. Así lo entendí la noche en casa de mis abuelos, en la que mi padre me echó una bronca descomunal. Me sentí tan avergonzada, que en aquella ocasión no me dio por replicar. Una vez cesaron las voces, mi abuela se acercó con su inacabable sonrisa y me dijo amablemente:
-Vente fuera que quiero hablar contigo.
Al salir de la cueva, la vi esperándome sonriente, sentada en el poyete que había bajo la ventana de su habitación, junto a los geranios de colores que tanto cuidaba. Miré al horizonte y respiré hondo antes de sentarme. La luna llena brillaba de una forma extraordinaria sobre el pinar, por encima de las parras, desafiando a los farolillos en los portales de las cuevas.
Era una noche de verano tan hermosa que abrumaba y me costó traer de vuelta a la mente al lugar donde me encontraba.
- El año que viene ya no voy a estar aquí, así que quiero decirte algo.
- ¡Abuela, pero si tú estás bien! No te pasa nada.
- El año que viene ya no voy a estar prenda. – insistió ella sin ningún tipo de dramatismo y sin perder la sonrisa.
Prosiguió
- Nunca te avergüences de nada que hayas hecho. Si te has equivocado recapacita, discúlpate con quien te hayas llevado por delante y enmiéndate…
En ese momento la vi dejar de sonreír por primera vez en todos los años que la conocí. Su vista se giró hacia mí. Sus ojos se clavaron en los míos. Su tono se volvió grave.
- … pero si crees que has hecho bien y que tienes razón; no te calles, no recules y defiéndete con dignidad así sea tu padre el que tienes delante, tu marido o la guardia civil.
Al año siguiente no pude ir a visitarla. Ya no estaba. Era una mujer de palabra. Decía mi abuela Presenta que la conocía bien, que cuando las mujeres y los trabajadores conquistaban un derecho o cuando no podían usurpárselo después de haberlo logrado, la sonrisa de Casilda se encendía y sus ojos brillaban como la luna llena en una noche de verano, sobre el pinar de las cuevas de la estación de Guadix.

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