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sábado, abril 07, 2018

EL ARQUITECTO

El viernes se reunían todos/as de nuevo. Pensé con cierta nostalgia en algunos de los/as amigos/as que iban.  Y por un momento, en las situaciones que vivimos juntos/as; en las alegrías compartidas, las palabras que consolaban las derrotas.


Después, sobre todo pensé en que cuanto más mayores nos vamos haciendo, van perdiendo interés estos encuentros. Ya no somos los mismos. Ninguno/a. Sólo sirven para recordarnos, sin demasiada delicadeza, el paso del tiempo y la imposibilidad de disponer de lo que pensamos sería una eternidad para enmendarlo todo.
Fue más la curiosidad, la que hizo que venciera la pereza de ver un montón de personas que no serían ni la sombra de lo que fueron o lo que quisieron ser. Lo que quisimos ser.

Así me presenté allí. Dudaba. Me encontraba inquieta. Estaba frente al edificio.  Qué maravilla de la arquitectura clásica. Esa proyección del espacio en el tiempo siempre ha abrumado mis sentidos. Una energía que me recorre junto al aire que respiro y que se torna un alivio expulsar cuando llega hasta mi pecho: el mundo es algo grande. Gigante. Un torrente de emociones inmensas que pasan a través de mí. En un momento soy decenas de personas diferentes, en diferentes tiempos y finalmente vuelvo a ser yo. Aquí. En este momento. Yo. Yo y el arquitecto. Ahora lo veo claro. Él estará aquí también. ¿Cómo no lo he pensado antes?.

Traspaso la puerta con cierta desazón en la idea de aclararme de una vez por todas si será San Pedro o el mismo Demonio quien saldrá a recibirme. Porque en este instante, no podría identificar en absoluto, si me encuentro en el umbral del  cielo o en el de los infiernos.

Buenas tardes – saludo al bedel.

Buenas tardes, señorita. El encuentro es al fondo a la izquierda- me contesta él.

Levanté las cejas, sacudiendo la cabeza a los lados y me reí. Me hace tanta gracia que a mi edad todavía haya quien se atreva a llamarme llame señorita.

Con esa sonrisa nerviosa, camino con incertidumbre y sin embargo, con un ansia inusitada de querer llegar cuanto antes.

En este instante puedo verlo. Te veo.

Las notas más delicadas del piano de Ludovico Einaudi tiritan de emoción en mi cabeza

Hay hombres que jamás lograron variar el ritmo de mi pulso; por más que lo intentaron y yo que lo deseé.  Otros, por el contrario, lo aceleraron hasta la ansiedad y la desesperación. Pero tú no. Te miro y siento como el edificio toma musicalidad. Una música hipnótica me envuelve y me evade de todo lo que sucede fuera de tus ojos, de tu rostro… de la línea de tu cuerpo.  Siento mi pulso desacelerarse y la respiración se hace más larga, más profunda. Cada vez que exhalo, una honda calma traslada al exterior de mi pecho la paz que siento mientras te observo. Como un gran alivio. Como si los peores augurios se desvanecieran. Como si Dios existiera… Las notas más delicadas del piano de Ludovico Einaudi tiritan de emoción en mi cabeza, pero sin duda, salen de tu cuerpo. Entro en comunión conmigo misma, contigo, con el espacio que compartimos ahora. ¿Es eso el amor verdaderamente?, ¿la armonía de dos almas que vibran en la misma frecuencia?.

Me desalienta la idea de acercarme a ti. Tendría que romper el silencio y dejar en un segundo plano las notas de Einauidi: “el origen oculto de las cosas”, reza el piano en su idioma. Sin embargo, la ilusión de que mis manos alboroten suavemente los mechones de tus hermosos cabellos dorados. Sin mediar palabra. Traspasando esa paz llena de éxtasis a mis dedos, me hacen desear dar un paso más. ¿Es esto el clímax, la iluminación, la felicidad, la resurrección de las almas o el mismo cielo?. Sin siquiera tocarte, las notas del piano se elevan, me subliman y me sumergen en la serenidad que irradias.

 Desde el paraíso,  ya no existe nada más placentero, ni eterno. Ni siquiera existe nada más.  

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