Publicidad cabecera

jueves, junio 08, 2017

EL PIJAMA

A menudo acudimos al cine, a las series o a un libro para evadirnos de la vida cotidiana. Para conocer otras vidas, otros mundos, con otras experiencias. Sin embargo, hay veces que a mí me parece estar asistiendo a una gran producción cuando soy espectadora involuntaria de las escenas cotidianas. Me siento fascinada por esos pequeños momentos en los que tu vida se cruza fortuitamente con la de otra persona y se comparte instantes de intenso entusiasmo.

Ayer entré en una mercería. Una señora delante de mí estaba comprado un pijama para su esposo. No hace falta que os cuente lo que pienso sobre los roles de género, pero en este caso y sin que sirva de precedente, no me centraré en eso, sino en el pijama.

Puedes comprar un pijama o amar a alguien comprándole un pijama


Comprar un pijama. Diríase, es una tarea simple, que tampoco tiene que ocupar demasiado tiempo, esfuerzo, ni dedicación. O eso creía yo, hasta que entré en la mercería ayer.

Cuando llegué, me encontré con una señora de unos cincuenta años absolutamente imbuida en la tarea de comprar un pijama para su pareja.

A modo de distracción empiezo a ojear en la sección de botones, a lo que la señora hace todo tipo de preguntas a la dependienta acerca de la prenda de dormir. Mientras lo hace no para de examinarlo, tocarlo, sentir la textura, estudiar el dobladillo.... Después lo aleja y luego lo acerca mirándolo como si fuera un cuadro en el que primero quiere ver la globalidad de la obra y después el detalle de las pinceladas más sutiles.


En algún otro momento, quizás me hubiera resultado irritante tanta briega por un simple pijama, sin embargo, por algún motivo a mí en ese momento me maravilló tanto frenesí.

En seguida perdí todo el interés en el objeto de mi compra y centré toda mi atención en la señora.

- Es la talla XL, le dice la dependienta ante la manifiesta indecisión.

- Es que mi esposo es polaco.

Yo me quedo con cara de interrogación pensando que querrá decir eso y que relación tendrá con el pijama, protagonista accidental de la historia.

Como si me leyera el pensamiento la señora se gira hacia mí y dice:

- Es muy grande. Son muy grandes los hombres polacos. Me mira con cierta picardía y me da con el codo mientras se ríe.

- Yo le devuelvo la sonrisa de forma cómplice. Aunque no tengo ni idea de como son los polacos. Pero a razón de la sonrisa, me hago cargo.

- Sabe. Le compré hace años un pijama muy bonito aquí para mi primer marido.

Que no acabe en un cajón...


Yo pensé: seguro que lo eligió con el mismo esmero y mimo.

- Se lo probó, lo metió en un cajón. Al poco tiempo murió y nunca lo estrenó.

Qué pena. Y no hablo de la muerte del primer esposo. Eligen algo para ti con tanta devoción y lo metes en un cajón sin ser probablemente consciente del esfuerzo ni el amor con el que te lo escogieron.

Llegado este punto, yo miraba con atención a la señora, arrastrada por el entusiasmo contagioso que desprendía. Por un pijama. Ya veis.

La situación todavía se prolongó unos minutos más, hasta que la mujer acabó de inspeccionarlo minuciosamente, valorarlo y dar su veredicto. Era de buena calidad, tenía buen precio, le sentaría bien y le gustaría. Decidió comprarlo.

A mí todo ese proceso tan meticuloso me dejó maravillada y no podía dejar de admirar a la señora, pensando en lo que me gustan las personas que le ponen pasión a cualquier pequeño detalle de la vida y por otro lado, en cuanto trabajo invisible hacemos las mujeres.


Cuando se dispuso a salir de la tienda y dijo adiós. Yo me volví y le respondí educadamente. Sin embargo desearía haberle dicho: que este pijama no se quede en un cajón...Y que si alguna vez alguien me tiene que comprar un camisón, que lo haga con la misma devoción que lo ha hecho usted.

No hay comentarios: